martes, 16 de marzo de 2021

LA ASOCIACIÓN AL TRONO DE WITIZA

 

Egica, tras la conjura promovida por la casta ervigiana y secundada por el obispo Sisberto, que había de ser el encargado de sacralizar al nuevo rey mediante la unción regia, quiso poner en orden las cosas antes de tomar ninguna decisión precipitada.


Lo primero que hizo fue remover el Officium Palatinum de arriba a abajo destituyendo a doce de los anteriores palatinos y nombrando a otros tantos de su más entera confianza. Luego, junto con su núcleo privado de consejeros, tomó la decisión de buscar al prelado adecuado para ocupar la sede toledana. Felix, que era obispo de Hispalis, fue el elegido.


No era el momento de vengarse cabalmente de los conspiradores. El peligro que, para el Regnum, podría entrañar una guerra civil entre facciones, con una provincia Narbonensis en la que todavía ardían las brasas de la rebelión del dux Paulo, no la hacían aconsejable. Además estaba África, donde las fuerzas del emir de Egipto, Abd al-Aziz, estaban ya a las puertas de Cartago. Y a nadie se le escapaba que si caía Cartago, caía África, que se volvería sarracena, y los árabes no eran gente que se quedarán demasiado quietos. Había que estar muy prevenido de todo aquello, por lo que en Hispania había de reinar la calma y la cohesión.


Se decidió, finalmente, convocar un nuevo Concilio general y tratar del oscuro asunto de la conspiración. Los obispos tenían que tomar cartas en el asunto y castigar ejemplarmente a Sisberto, haciéndolo el principal responsable, pero una purga demasiado agresiva en el seno de la aristocracia no era lo más indicado para garantizar la paz. Alguna pequeña sanción, algún pequeño (en tiempo) destierro para alguno de los familiares de Ervigio, pero poco más.


EL CONCILIO XVI DE TOLETUM


El Concilio XVI se inauguró el día 2 de mayo de 693 en Toletum, en la iglesia de los Santos Apóstoles. Se sancionó que todo aquel palatino que tratara de maquinar para asesinar al rey o para provocar la ruina de la patria de los godos, sería exonerado, él y sus descendientes, de todos los oficios palatinos y quedaría sujeto a esclavitud, además de ser excomulgado.


En cuanto al obispo Sisberto, se determinó la privación de su cargo, su excomulgación, y se decretó la confiscación de todos sus bienes, siendo desterrado a perpetuidad y sin recibir la comunión más que al final de su vida.


Por otro lado, se ratificó a Felix como obispo de Toletum (aunque fue él quien presidió el Concilio). E, igualmente, como la sede de Hispalis se quedaba vacante, se nombró para ella a Faustino, que ocupaba la sede de Bracara (Braga), y ésta se transfirió a otro obispo llamado también Felix, que había sido prelado de Portus Cale (Oporto) (todos ellos habían asistido al Concilio).


Sin embargo, Egica no se veía, todavía, con el respaldo suficiente del clero como para llevar a cabo una asociación al reino que contará con su más absoluto beneplácito, y aún tenía que demostrarles que estaba con ellos y que defendería a ultranza a la Iglesia católica en todos sus ámbitos.


EL CONCILIO XVII DE TOLETUM


Por eso, el monarca convocó otro Concilio general, el XVII, que se celebró en Toletum en el mes de noviembre del año siguiente (694), tan solo un año y medio después del anterior.


Y aquí, Egica retomó la espinosa cuestión de los judíos.


Ya en el Concilio anterior (el XVI) se había decretado, por expreso deseo suyo, que ningún judío que perseverase en la perfidia podría presentarse al cataplus (puerto, muelle, lonja, lugar en el que se comerciaba tras el atraque de un barco, siendo un término especialmente utilizado para las provincias orientales de Hispania: Tarraconensis y Narbonensis) ni realizar negocio alguno con los cristianos, salvo que se convirtiera a la verdadera fe católica. 


Pero ahora fue mucho más lejos e instó a los sacerdotes del reino a decretarar que todos los judíos que aún no se hubieran convertido a la religión verdadera, fueran privados de sus bienes y quedaran sujetos a perpetua esclavitud, sin que se les dejara volver al estado de ingenuidad, y que a los hijos de éstos, tan pronto como cumplieran siete años, se los separara de sus padres para siempre.


Habiendo quedado los obispos suficientemente satisfechos con las medidas antijudías sugeridas por el monarca, las cuales aceptaron totalmente y las confirmaron dándoles curso legal, Witiza, unos meses después, fue asociado al trono, hecho que ocurrió en el octavo año del reinado de Egica.


(Fotografía de Jocelyn Erskine-Kellie)

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