martes, 2 de marzo de 2021

EL CONDADO DE BARCELONA: RAMÓN BERENGUER IV

By HansenBCN - Treball propi, CC BY 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=4990580


En 1131, Ramón Berenguer, a quien se le apodó el Santo, sucedió a su padre como conde de Barcelona, Cerdaña, Besalú, Gerona y Osona, mientras su hermano Berenguer Ramón lo hacía en el condado de Provenza.


LA UNIÓN CON EL REINO DE ARAGÓN

El inicio del gobierno de Ramón Berenguer IV en los condados señalados coincidió con la tremenda situación de crisis institucional creada en el reino de Aragón como consecuencia de la redacción de un disparatado testamento firmado por parte del rey don Alfonso I el Batallador (1104-1134), en el cual se dejaba en manos de las Órdenes Militares del Santo Sepulcro de Jerusalén, de la Hospitalaria de San Juan de Jerusalén y de los Pobres Caballeros de Cristo (Orden del Temple) todo su reino y cuantas cosas poseía sobre la tierra.


Esta disposición iba en contra de la obra conquistadora del reino de Aragón y de los propios antepasados del monarca y, por lo tanto, la nobleza aragonesa y, también, el episcopado pusieron el grito en el cielo. El problema llegó tres años después (1134) con la muerte de Alfonso I mientras ponía sitio a la ciudad musulmana de Fraga.


El reino de Pamplona, que tras el regicidio de Sancho IV Garcés, el de Peñalén (1054-1076), por sus propios hermanos, había sido engullido por el naciente reino de Aragón, volvía a ser restaurado en manos de García VI el Restaurador (1134-1150).


Alfonso VII de Galicia, León y Castilla (1111-1157) reivindicó Aragón y ocupó Zaragoza y otras poblaciones del valle medio del Ebro.


Y los aragoneses, en una asamblea celebrada en Jaca, proclamaron rey a Ramiro (Ramiro II el Monje, 1134-1157), hermano de el Batallador y obispo de Roda-Barbastro.


La actividad diplomática y los movimientos políticos que siguieron a continuación fueron sumamente intensos. Ramiro II pactó con García VI, pero el rey pamplonés rompió al poco tiempo dicho pacto y se alió con el rey castellano, de quien recibió, en compensación, las tierras del Ebro. La Santa Sede, por su parte, se mostró favorable al testamento, no reconoció a Ramiro II como rey de Aragón y presionó para que el rey de Castilla acatara las disposiciones de el Batallador.


Al año siguiente (1135), una importante conjura nobiliaria en el seno del reino aragonés hizo que se precipitaran los acontecimientos. Ramiro II casó con Agnes de Poitou, hija del duque Guillaume IX de Aquitania, con lo que, aparte de posibilitar el tener un heredero (de este matrimonio nacería, un año después, la infanta doña Petronila), se granjeó también el apoyo político y, si era preciso, militar del importante condado franco de Aquitania. Y buscó también el apoyo del conde de Barcelona, Ramón Berenguer IV (1131-1162).


El rey de Castilla, don Alfonso VII, por su parte, que para entonces se había intitulado ya Imperator Totius Hispaniae, ante el peligro que para la supremacía de su reino suponía el posible entendimiento entre Aragón y Barcelona, intentó reconciliarse con Ramiro II y le propuso restituirle Zaragoza a cambio de conservar para sí las plazas fuertes de la margen derecha del río Ebro, recibir su juramento de fidelidad y acordar el matrimonio de la recién nacida infanta doña Petronila con su hijo Sancho (el futuro Sancho III el Deseado, 1157-1158). Sin embargo, la nobleza aragonesa, recelosa de las intenciones reales de los castellanos, frustró dicho acuerdo.


Y el día 11 de agosto (día III de las idus de agosto) de 1137, Ramiro II firmó lo siguiente:


"En nombre de Dios, yo Ramiro, por la gracia de Dios rey de Aragón, te doy a ti Ramón, conde de Barcelona y marqués, mi hija por mujer junto con todo el reino de Aragón, íntegramente, tal como mi padre, Sancho, rey, y mis hermanos, Pedro y Alfonso, lo tuvieron y retuvieron […] Y te encomiendo a ti todos los hombres del mencionado reino con homenaje y juramento a fin de que te sean fieles […] Y yo, el antes mencionado rey Ramiro, seré rey, señor y padre en el mencionado reino y en todos tus condados hasta que a mi me plazca"


La aportación de "todo el reino de Aragón" consistía en las tierras del ancestral reino de Aragón, además de Sobrarbe, Ribagorza, Monzón, tierras de Huesca, de Zaragoza, valle de Arán y sus derechos sobre los condados de Pallars.


La unión fue una unión dinástica pactada y sus dos miembros, Aragón y Barcelona, conservaron su propia identidad, su integridad territorial, sus leyes, costumbres e instituciones. Y tenían, ambas, varios objetivos comunes, como eran conquistar las tierras situadas entre los ríos Cinca y Segre o controlar la desembocadura del río Ebro, así como expandirse hacia las tierras moras de Valencia.


Al producirse esta unión, la infanta doña Petronila tenía tan solo un año de edad, mientras que don Ramón Berenguer IV pasaba de los veinte, por lo que el matrimonio se habría de celebrar varios años después (1151). Ramiro II el Monje conservó el título de rex y, a continuación, se retiró al monasterio de San Pedro el Viejo, Huesca, donde murió muchos años después (1157).


Ramón Berenguer IV, por su parte, además de conde de Barcelona, Gerona, Osona, Besalú y Cerdaña, que ya lo era, recibió el título de princeps de Aragón y pasó a realizar la labor efectiva de gobierno en la recién creada Corona de Aragón.


Doña Petronila, tras la muerte de su padre se convirtió en reina de Aragón y le haría donación del reino a su hijo (el futuro don Alfonso II el Casto de Aragón) en 1164.


Habiéndose producido ya la unión, Ramón Berenguer IV, conde de Barcelona y princeps de Aragón, en una de sus primeras actuaciones como gobernante rindió homenaje al rey Alfonso VII el Emperador de Castilla y los acuerdos de agosto de 1136 quedaron ratificados.


Con respecto a las Órdenes Militares se acordó compensarlas ampliamente. Así, a la del Temple le fueron entregados nuevos bienes alodiales (libres de cargas señoriales), el diezmo de todo el reino y el quinto de las conquistas futuras. Con el tiempo, la Orden del Temple llegaría a tener tanto poder que se convertiría en un Estado dentro del propio Estado.


TURTUSHA

Mientras todo esto ocurría, el imperio almorávide se iba descomponiendo y llegaba al final de su existencia. Don Alfonso VII el Emperador inició nuevos contraataques reconquistadores, y entre 1139 y 1147 fueron cayendo en su poder las poblaciones de Colmenar de Oreja (1139), Coria (1141), Calatrava (1146) y Almería (1147). Gracias a estas campañas, la repoblación en toda la zona del valle del Tajo pudo ser consolidada, hasta que, a mediados de siglo, volviera a ser nuevamente ocupada por fuerzas musulmanas, en este caso almohades.


Las buenas relaciones contraídas entre Ramón Berenguer IV y el Emperador hicieron que el primero prestase su apoyo militar al segundo en una expedición internacional realizada por tierras de al-Marija (Almería).


Pero en junio de 1148, Ramón Berenguer IV zarpó con una escuadra desde allí mismo en dirección a Turthusa (Tortosa), taifa de enorme importancia por su envidiable situación estratégica en la desembocadura del río Ebro. Con la ayuda de naves genovesas y narbonenses, Turthusa fue sitiada y, a finales de septiembre de 1148, capituló.


Durante su asedio, Ramón Berenguer IV negoció con el conde Armengol VI de Urgell el reparto de los nuevos territorios a conquistar, y se acordó que el conde urgellino recibiría la ciudad de Larida (que aún no había sido conquistada) y que los caballeros del Templo y los del Hospital de Jerusalén obtendrían la quinta parte de las tierras conquistadas.


LARIDA

Conquistada Turtusha, ahora le tocaba el turno al reino de Larida. La taifa de Larida, tras la muerte de Al-Mundhir, había pasado a manos de Sulayman Sayyid Al-Dawla (1090-1102), último rey de la saga de los Banu Hud, y, en 1102, fue conquistada por los musulmanes almorávides.


Los almorávides, que desde el año 1086 habían conseguido controlar todo Al-Andalus al sur de los ríos Tajo y Júcar, se encontraron con un freno en la ciudad de Balansiya (Valencia), conquistada por el Cid Campeador en el año 1094 y en la que éste había establecido su señorío personal e independiente. Sólo tras la muerte del Cid (1099), y vencida la oposición de su viuda doña Jimena, los almorávides pudieron adueñarse de la ciudad en 1102.


Despejado el camino, entre 1102 y 1110 se produjo la ocupación almorávide de las otras taifas situadas más al norte, como Saraqusta, Turthusa o Larida. Los esfuerzos reconquistadores de Alfonso I el Batallador se centraron en la taifa saraqustí y en las poblaciones del valle del Ebro y, aunque el Batallador mantuvo sus disputas con el conde de Barcelona por la taifa de Larida, ésta quedó reservada para el propio condado de Barcelona. No obstante, el propio Batallador sitió la ciudad en 1123 y tomó el Castillo de Gardeny, que a mediados de siglo pasaría a manos de la Orden del Temple.


En 1133, el Batallador conquistó Miknasa al-Zaytun (Mequinenza) y, al año siguiente, sin embargo, capitaneando un numeroso ejército en Medina Afraga (Fraga), perdió la batalla y la vida.


La taifa de Larida, para el año 1149, había quedado reducida a las actuales comarcas de El Segriá y Les Garrigues, por lo que al conde de Barcelona, Ramón Berenguer IV, y al de Urgel, Armengol VI, no les significó gran esfuerzo hacerse con el control de este territorio. De hecho, el propio Armengol ya había iniciado en 1147 la conquista del Segriá en común acuerdo con Ramón Berenguer, y con la ayuda del Temple había conquistado una serie de poblaciones situadas en la baja ribera del río Segre.


Larida cayó en octubre de 1149, al igual que Miknasa al Zaytun (que había vuelto a ser tomada por los musulmanes) y Medina Afraga.


Las conquistas de Tortosa y Lérida, con sus zonas de influencia respectivas, revistieron una enorme importancia para el futuro de la Corona de Aragón y tanto la una como la otra recibieron sendas cartas de población, con la consiguiente plena propiedad de las casas y las tierras de labor para sus habitantes, así como el aprovechamiento de los bosques y pastos o la exención en el pago de lezdas (impuestos por mercaderías) y usages.


La conquista de Tortosa y Lérida significaba la unión física de los territorios de la parte más oriental del reino de Aragón con los de la más occidental del condado de Barcelona, además de unas tierras muy fértiles a las que la Corona sacaría un gran provecho comercial.


ÚLTIMOS AÑOS DE RAMÓN BERENGUER IV

En 1151 se firmó el Tratado de Tudillén entre Alfonso VII y Ramón Berenger IV en el cual se declaró la guerra conjunta a Pamplona y se acordó su repartimiento (si bien, en un acto de habilidad diplomática, y haciendo honor a su apodo, el recientemente ascendido al trono pamplonés Sancho VI el Sabio (1150-1194) consiguió que no se llevara a cabo tal acción).


Se acordó, no obstante, una asignación y delimitación de las tierras a conquistar por parte de Castilla y de Aragón, siendo los reinos moros de Valencia, Denia y Murcia para la corona barcelonesa-aragonesa.


En 1156 se ratificó el Tratado anterior y se pactó el matrimonio del heredero de Ramón Berenguer con la hija del emperador castellano. Pero Alfonso VII murió al año siguiente y dicho pacto no se llegó a ejecutar.


La muerte de Alfonso VII el Emperador provocó la separación definitiva de Castilla y León, y el nuevo rey de Castilla, don Sancho III el Deseado, mantuvo diferencias con Ramón Berenguer a causa de Zaragoza. Su muerte, al año haber sucedido a su padre (1158), y la larga minoría de su hijo, don Alfonso VIII, sumieron a Castilla en una difícil etapa de desgobierno y de fuertes rivalidades nobiliarias incluidas (Casas de Castro y de Lara).


Don Ramón Berenguer IV murió en 1162, abriendo también una delicada etapa de minoría para la Corona de Aragón.


Al frente del condado de Barcelona le sucedió su hijo, el infante don Ramón, que adoptó el título de conde de Barcelona, Gerona, Osona, Besalú, Cerdaña y Roussillon. El mismo infante don Ramón, unos años más tarde, en 1174, sucedería a su madre, doña Petronila, como rey de Aragón con el nombre de Alfonso II el Casto.


No hay comentarios:

Publicar un comentario