domingo, 26 de marzo de 2017

LOS HIJOS DE CARLOMAGNO


Tal como venía siendo de rigor entre los monarcas francos, el rey Carlos tomó la decisión de hacer un reparto del reino entre sus tres hijos varones: Carlos, Carlomán y Luis (éstos eran tres de los nueve hijos que tuvo de su segunda esposa Hildegarda).


Este reparto se realizó en el año 781 aprovechando una visita que Carlos (siendo todavía rey) realizó por Pascua a Roma. En ella, el Papa Adriano I ungió con los óleos sagrados al propio Carlos y a sus tres hijos, que obtuvieron los siguientes títulos: 


Carlos fue nombrado rey de Neustria; Carlomán, que más adelante recibiría el nombre de Pipino de Italia, rey de Italia; y Luis, el más joven de los tres y a quien también se le conoce como Ludovico Pío, fue nombrado rey de Aquitania.


Los tres eran de muy corta edad, sobre todo Luis (unos tres años), y como la intención de Carlos era que sus herederos se familiarizaran en seguida con las costumbres de los territorios asignados, los envío a ellos acompañados de regentes y cortesanos. Una de las primeras tareas que se le encomendó al nuevo rey de Aquitania, por medio de sus regentes, fue la de enviar a sus ejércitos al sur de los Pirineos, y éstos ocuparon Gerona, Urgel y Cerdaña, cosa que ocurrió en 785. Posteriormente, en 802 pusieron sitio a la ciudad de Barcelona y se creó lo que ha pasado a la historia con el nombre de la Marca Hispánica.


Existía, no obstante, un cuarto hijo de Carlos, a quien se le conocía como Pipino el Jorobado, el cual era hijo de Himiltruda (la primera de las esposas de Carlos a quien éste había repudiado). Pipino el Jorobado se vio implicado en un oscuro complot y fue internado, durante el resto de su vida, en un monasterio.


En el año 806, siendo ya emperador de Occidente, Carlos hizo testamento dividiendo el Imperio entre sus tres hijos, aunque sin nombrar emperador a ninguno de ellos.


Según dicho testamento, a Carlos el Joven, primogénito y a quien pretendía nombrar su sucesor, le correspondió prácticamente todo el territorio de la Franconia, es decir, Neustria, Austrasia, Frisia, Sajonia y Hesse. Pipino recibió Lombardía, Baviera y la zona sur de la actual Alemania. Luis se quedó con Aquitania y con Provenza.

 

Sin embargo, antes de que falleciera el emperador, murieron Pipino (en 810) y Carlos el Joven (en 811), por lo que, dos años más tarde, en 813, los magnates del Imperio rindieron homenaje a Luis y Carlos lo asoció al trono, tanto del reino como del Imperio.


A la muerte de Carlos el Grande, acaecida en el año 814, Luis se trasladó a Aquisgrán y fue coronado Imperator.



EL PANORAMA DEL IMPERIO


Ciertamente, el ambicioso Estado creado por Carlomagno hacía aguas por muchas partes.  Si bien en un principio, y con la fuerza de las armas, se había conseguido forjar una unidad del Imperio, la falta de cohesión dentro del mismo dio lugar a una serie de tendencias centrífugas y al separatismo. 


La ambiciosa superestructura política naufragó debido a unos fundamentos económicos y sociales que estaban asentados principalmente en la pobreza, en su más estricto sentido. Esto es lo que caracterizó a la Europa carolingia, en contraste con el esplendor del mundo musulmán abbasí e, incluso, del bizantino.


La expansión territorial del reino franco en los años de gobierno de Carlos Martel se había desarrollado en tres direcciones: hacia el noreste, el sureste y el sur. Pero el reino adolecía, por ejemplo, de una flota marítima con la que cruzar el Canal de la Mancha o surcar el Mediterráneo. Y Pipino el Breve y Carlomagno continuaron con la misma política de pobres dimensiones.


Por lo que respecta a lo puramente económico, el Estado carolingio fue fundamentalmente pobre y cumplió a la perfección la misión de aglutinar la pobreza de la Cristiandad latina (J. A. García de Cortázar).

 

Demográficamente hablando, la sociedad no era demasiado populosa, a pesar de que la capacidad combativa de las tropas y sus continuadas conquistas pudieran hacer pensar lo contrario. Se trataba, más bien, de un traslado de población de una zona a otra antes que de un aumento de la población.  Además, las plagas y las epidemias que habían asolado a Occidente durante los siglos precedentes, aunque con menos frecuencia y fuerza, todavía persistían. 


La principal fuente de riqueza era la agricultura, muy rudimentaria y sin que se hubieran realizado avances que permitieran ampliar más los cultivos ni aumentar la productividad. La Europa cristiana occidental era eminentemente agrícola, rural, estaba desprovista prácticamente de ciudades, y las que había se confundían con el medio rural en el que se asentaban. El único objetivo que tenía la población era la supervivencia, el autoabastecimiento. Quien no tenía tierra no podía sobrevivir, y el que la tenía en escasas proporciones debía de acogerse a la protección de algún gran propietario.


La posesión de tierras otorgaba poder político y el Estado de Carlomagno, por medio de las capitulares, se ocupaba de ordenar las posesiones de los grandes terratenientes.


La industria, muy escasa también, estaba en manos de los propios campesinos que compaginaban ambos trabajos. La fabricación de paños y útiles de labranza, los trabajos de albañilería, carpintería, herrería, etc., quedaban restringidos al ámbito de producción de los grandes dominios hacendísticos. 

La falta de un mercado paralizaba, al igual que ocurría con la agricultura, el desarrollo de la actividad industrial.


En el comercio, la no existencia práctica de excedentes que hubiera que vender, lo dejaba también bajo mínimos; y el poco que había lo llevaban a cabo los propios complejos monásticos.


Al débil comercio interior se sumaba una escasez casi total de transacciones mercantiles de largo alcance, ya que la presencia árabe en las aguas del Mediterráneo lo impedía.

 

Desaparecieron las especias y las vestimentas de sedas lujosas y el papiro egipcio fue sustituido por el pergamino. Sólo Venecia, vinculada a Bizancio, mantenía contacto con Oriente y pronto se convirtió en el principal puerto de Europa.

 

En el Estado carolingio, el único sitio por el que, vía marítima, podían circulaban las mercancías era a lo largo de la costa del Atlántico y el Mar del Norte y por las cuencas de los principales ríos del centro de Europa.


En el reinado de Pipino el Breve, la plata había sustituido al oro en el mercado interior, y Carlomagno había reservado el escaso oro de que disponía para realizar pagos en el comercio exterior. Sin embargo, incluso la reforma monetaria realizada por los reyes carolingios resultaba excesiva para las necesidades reales de la vida cotidiana, porque los campesinos acostumbraban a satisfacer sus rentas en especie, aunque el precio se expresase en moneda.


El resultado de esta situación fue la asfixia económica y la convulsión urbana de un mundo totalmente arraigado en el medio rural de una forma muy rudimentaria. La sociedad carolingia, en su conjunto, materialmente empobrecida hasta la saciedad, haría de la miseria su auténtico ideal de vida.

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