domingo, 27 de marzo de 2011

AL-ANDALUS: DEL EMIRATO AL CALIFATO.-

Hacia el año 740, en Al-Andalus estalló una revuelta de bereberes como consecuencia del reparto de las tierras conquistadas, ya que les tocó quedarse con las menos fértiles de la península, en beneficio de los elementos de ascendencia árabe que se quedaron con las más fértiles (Guadalquivir, Ebro, Tajo, Segura...). Este hecho fue aprovechado por el fundador de la monarquía asturiana, el rey Alfonso I (739-757), que había accedido recientemente al trono, y pudo ocupar las tierras del valle del Duero y toda Galicia, llevando a cabo numerosas razias en los territorios ocupados. Durante esta fase tomó cuerpo la idea de recuperar España y restaurar la vieja monarquía visigoda, de la cual los reyes asturianos se consideraban herederos.




ABDERRAMÁN I Y EL EMIRATO INDEPENDIENTE.-

Los problemas internos entre los invasores continuaron hasta el año 756, en que entró en escena Abderramán I y fundó el emirato independiente. Abderramán era miembro de la familia de los Omeya, que gobernaron en Damasco desde el año 661 hasta el triunfo de la revolución abbasí en 750. En esta fecha, la familia omeya fue literalmente aniquilada y sólo Abderramán logró huir, trasladándose al norte de África y, desde allí, a Al-Andalus, donde contaba con una numerosa clientela política de su familia. Unos años después, en 756, le presentó batalla al último walí de Kortuba (Córdoba), llamado Yusuf al-Fihrí (747-756), y le venció en la Batalla de al-Musara, cerca de Kortuba. Luego se proclamó emir de Al-Andalus con el nombre de Abderramán I el Emigrado (756-788) y rompió la unidad política del Imperio Árabe. No obstante, se mantuvo unido a la Ummah islámica y reconoció al nuevo califa Abul-Abbas como guía espiritual del Islam, aunque no como jefe del Imperio. Abderramán tuvo que gobernar en el emirato en medio de continuas revueltas promovidas por las diferentes facciones de qaysíes (árabes del Norte), kalbíes o yemeníes (árabes del Sur) y bereberes, la más importante de las cuales, por sus consecuencias futuras, fue la que se produjo en Saraqusta (Zaragoza) en el año 777.


El reinado del emir Hisam I (788-796), sucesor de Abderramán I, fue bastante apacible, pero los posteriores emires omeyas cordobeses, durante todo el siglo IX se dedicaron, sin tregua, a tratar de pacificar sus posesiones. Varias fueron las revueltas que se llevaron a cabo en la Marcas por parte de los bereberes, los árabes y, también, los muladíes.

Pero el Estado omeya, estaba bien organizado y hábilmente administrado, y, lo más importante, dotado de una economía próspera. Ésta se basada, sobre todo, en una agricultura inteligente, con la que se le supo sacar partido a la riqueza propia del suelo peninsular, tanto en las tierras de secano como en las de regadío. La minería, que ya existía en época romana y visigoda, estaba basada en la extracción de oro, plata, hierro, plomo y cinc, y los musulmanes, con un amplio mercado en el que vender sus productos, la supieron desarrollar muy sabiamente. La explotación de los recursos naturales tales como la piedra, la sal jabonera, la sal gema o la pesca floreció durante esta época. Y el comercio hizo que se desarrollara una fuerte industria textil y peletera que supuso la entrada de importantes cantidades de monedas extranjeras. Toda esta prosperidad económica empezó a vislumbrarse durante el reinado del emir Muhammad I (852-886), pero alcanzó su período de máximo apogeo durante el siglo X, cuando se restauró el califato omeya en Córdoba.



LA RESTAURACIÓN DEL CALIFATO OMEYA EN AL-ANDALUS.-

El califato omeya fue restaurado en Al-Andalus por Abderramán III (emir entre 912 y 929 y califa de 929 a 961) tras la toma de Bobastro, al norte de la actual Málaga, y puso de manifiesto la fuerza del mismo Abderramán III, que adoptó el título de califa, o príncipe de los creyentes, y el sobrenombre de el que combate victoriosamente por la religión de Alá. Después, restableció la autoridad en las marcas fronterizas, como en la Inferior, donde pudo recuperar Badajoz en 930. En Toledo, ciudad a la que sometió a un bloqueo económico que duró dos años, acabó sofocando una rebelión que se había convertido casi en endémica.


La política exterior de Abderramán III, fue dirigida, sobre todo, contra los reinos cristianos del norte peninsular, pero también contra el califato fatimí del norte de África. Este califato existía desde el año 909 en todo el norte de África y sus gobernadores se consideraban a sí mismos descendientes directos de la hija del profeta, Fátima, y su esposo Alí. Por otro lado, Abderramán III supo sacar partido de las guerras de sucesión entre los hijos del rey de León Ordoño III (a quien el Califa obligó a pagar un impuesto en 955) y Sancho I (quien rindió homenaje a Abderramán al ayudarle éste a recuperar el trono). Abderramán III ocupó Mlilia (Melilla) en 931 y anexionó Tandja (Tánger) en 951, estableciendo una importante zona de influencia en el norte de África y en el Magreb. Mantuvo relaciones con el esplendoroso Imperio bizantino de Constantino VII y recibió las embajadas tanto del conde de Barcelona Borrell II como del emperador del Sacro Imperio Germánico, Otto I. En el plano artístico, Abderramán III hizo levantar el alminar de la Gran Mezquita de Córdoba y, al pie de la sierra cordobesa, mandó construir la residencia califal de Madinat al-Zahra (Medina Azahara).


Abderramán legó a su hijo Al-Hakam (961-976) un califato pacífico y próspero que logró poner fin a los intentos de León, Castilla y Pamplona de afirmar su independencia. Durante el reinado de Al-Hakam la propia Kortuba rivalizaba en prestigio y brillantez con Kairuán (Túnez) y hasta con la mismísima Constantinopla, y Al-Andalus destacó como uno de los núcleos más esplendorosos de todo el mundo musulmán de la época.



AL-MANSUR BI-LLAH, EL VICTORIOSO POR ALLAH.-


A la muerte de Al-Hakam en 976, su jovencísimo hijo Hisham II, de once años de edad, ocupó el trono y entregó las riendas del poder a un enérgico y ambicioso miembro de una familia algecireña llamado Muhammad ibn Abi-Amir, que en calidad de hayib (un cargo que equivalía al de mayordomo de palacio franco) gobernó el califato con verdadera mano dura. Muhammad adoptó posteriormente el sobrenombren de al-Mansur bi-llah, es decir, el victorioso por Allah, y las crónicas cristianas del norte peninsular y el romancero lo hicieron llamar Almanzor. Una de las primeras cosas que hizo Almanzor fue someter a los milicianos de origen cristiano (los eslavones) que los musulmanes habían ido adquiriendo ya fuera comprándolos o llevándoselos a la fuerza a lo largo y ancho de las numerosas aceifas que habían llevado a cabo desde los primeros tiempos. Estos eslavones, soldados de pleno derecho dentro de la corte califal, habían logrado formar una casta de peligrosos privilegiados que amenazaban con rebelarse contra la autoridad musulmana en cuanto sus prerrogativas se viesen mermadas, pero tuvieron la mala fortuna de ver cómo Almanzor ocupaba la jefatura del Estado.


Almanzor, mandó también construir otro palacio: al-Madina al-Zahira (Medina Alzahira), la ciudad brillante, y en 981 trasladó allí la corte y la administración. Reorganizó el ejército reclutando grandes contingentes de bereberes y mercenarios cristianos y se convirtió en un auténtico azote para el mundo cristiano, pues se dedicó a atacar intempestiva y despiadadamente a las ciudades, los reinos y los condados del norte de la península, extendiendo su férrea mano hasta la mismísima costa atlántica, donde tomó y saqueó con ferocidad la ciudad de Santiago de Compostela (997) y destrozó su monasterio. Almanzor tuvo la habilidad de saber respetar el aparato califal y mantener algunas prerrogativas, aunque no fueran muchas, en favor del propio califa Hisham II. Aumentó la capacidad militar de Al-Andalus y su unidad, y extendió su influencia por todo el Magreb. Almanzor falleció en 1002, en Medinaceli, al regreso de la campaña de Galicia.

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