jueves, 18 de marzo de 2021

SANCHO GARCÉS III, REX IBERICUS



De Miguillen, CC BY-SA 4.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=8463173



En 1005, en pleno período de disgregación de Al-Andalus, se inició en Pamplona el reinado de Sancho Garcés III (1005-1035), también conocido con el nombre de Sancho el Mayor.


El monarca más poderoso de su tiempo, y al que algún obispo de la época designó como rex Ibericus, Sancho logró consolidar el reino de Pamplona convirtiéndolo en el más influyente de toda la Cristiandad española, y contuvo en los Pirineos los avances musulmanes estableciendo una línea infranqueable de castillos, desde el valle de Funes hasta Murillo de Gállego y Loarre, de suma importancia estratégica.


Estuvo emparentado por línea materna con la nobleza castellana y con la leonesa, pues su abuela, doña Urraca Fernández, era hija del conde Fernán González de Castilla (931-944) y había estado casada con los reyes Ordoño III (951-956) y Ordoño IV (958-960) de León, antes de contraer matrimonio con Sancho Garcés II Abarca (970-994) en 962.


Sancho el Mayor siempre mostró más interés por conseguir imponer su hegemonía sobre los demás estados cristianos de la península que por acrecentar los límites de su reino a costa del califato.

 

CASTILLA


Durante la primera etapa de su reino, Sancho el Mayor mantuvo estrechos lazos diplomáticos con el conde de Castilla, Sancho García (995-1017), y contrajo matrimonio en 1010 con su hija doña Munia de Castilla.


Fruto de aquellas excelentes relaciones fue que en el año 1016 el rey pamplonés y el conde castellano suscribieron un pacto de concordia et convenientia mediante la cual se delimitaba la frontera entre Pamplona y Castilla poniéndose fin, en favor de Pamplona, a la disputa sobre el control de la zona de San Millán de la Cogolla, que desde la época de Fernán González había pretendido Castilla.


Cuando en 1017 murió el conde Sancho García de Castilla, su hijo García Sánchez (1017-1028) heredó el condado y Sancho el Mayor se convirtió en el protector del condado castellano, interviniendo a favor del joven hijo de su cuñado.


LEÓN


En 1023 el rey Alfonso V el Noble de León (999-1028) enviudó de su primera esposa y se casó con doña Urraca de Pamplona, hermana de Sancho el Mayor.


El rey pamplonés se convirtió en cuñado del rey de León y la política del primero con respecto a Castilla cambió radicalmente de signo. León aspiraba a dominar los territorios castellanos que se extendían entre los ríos Cea y Pisuerga. Sancho el Mayor acordó con su cuñado no intervenir en las acciones de éste sobre dichos territorios, al tiempo que él ocupaba la comarca castellana de la Bureba y el condado leonés de Álava, desde el río Oyarzun hasta el Nervión.


Luego, como una manera de asegurar sus fronteras, dividió el condado alavés en varios territorios creando un condado alavés mucho más reducido y dos señoríos: Vizcaya y Guipúzcoa.


Poco a poco, Sancho el Mayor convirtió a los nobles castellanos en dóciles súbditos al dar cohesión al desgobierno originado en el condado de Castilla como consecuencia de la muerte del conde y la consiguiente disgregación nobiliaria, implantando el imperio de la ley y estableciendo el sistema militar de las tenencias, que tan buenos resultados le estaba dando en otros territorios (las tenencias eran las plazas fuertes en las que las personas de mayor confianza del monarca, que normalmente ocupaban cargos palatinos, gobernaban in situ en nombre del propio rey, poniendo sus tropas a su disposición cuando aquél lo requería).


Sancho el Mayor consiguió imponer su autoridad sobre Castilla y propició el cambio de nombre de su esposa, que pasaría a llamarse Mayor, en lugar de Munia.


En 1028 murió Alfonso V de León y le sucedió su hijo Bermudo III (1028-1037). Sancho, que se había convertido ya en el adalid principal de los reinos cristianos peninsulares, buscó un arreglo matrimonial entre el reino de León y el condado de Castilla. Los pretendientes serían el conde de Castilla, García Sánchez, y la hermana de Bermudo III, la infanta doña Sancha.


Al año siguiente, la comitiva que llevaba al conde castellano a León fue asaltada por los hijos del conde castellano Vela y el joven García Sánchez murió.


Sancho el Mayor, apelando a los derechos de su esposa Mayor, reclamó el condado de Castilla.


El rey pamplonés, después de apresar a los Vela, ocupó la llanura entre el Pisuerga y el Cea y, aunque Bermudo III de León, de doce años de edad, quiso encender la llama de la guerra, su regenta y madrastra doña Urraca, hermana de Sancho el Mayor, le desaconsejó. En muchos textos de la época aparece la fórmula: reinando Sancho rey en León y en Castilla...


En 1032, Bermudo, habiendo ya cumplido los dieciséis años de edad y sabido rodearse de personas más fieles a él, aproximó sus tropas a las márgenes del río Cea, donde se hallaban las del rey pamplonés.


No llegaron a batirse porque Sancho el Mayor, en un nuevo arranque de diplomacia, consiguió negociar con el rey leonés una nueva alianza matrimonial entre la hermana de éste, doña Sancha, y su propio hijo, Fernando.


La boda se celebró por todo lo alto en al año 1033, y aunque parecía que el litigio entre ambos reinos iba a llegar a su fin, no fue así.


Las luchas continuaron hasta el año 1034 en que Sancho el Mayor entró victoriosamente en León y el obispo de Astorga reconoció al nuevo soberano.


Sancho el Mayor conquistó las comarcas de Zamora y Astorga, y el rey Bermudo III se recluyó en su reino de Galicia.


RIBAGORZA


La labor de Sancho el Mayor en las comarcas del sur de los Pirineos fue enorme.


Al este de la Jacetania, territorio que inicialmente se correspondía con el condado de Aragón, existía otro núcleo cristiano, aislado y de muy difícil acceso, que estaba emplazado en la cuenca del río Cinca y que se extendía desde las mismas cumbres del Monte Perdido y del Posets hasta la antigua población romana de Boletum (Boltaña): era el condado de Sobrarbe.


Este condado, sobre el que existe muy poca información, era territorio disputado por los condes del vecino Ribagorza, y Sancho el Mayor se apoderó de él sin mayores esfuerzos.


Posteriormente, haría lo mismo con el condado de Ribagorza. Tras la muerte del conde Guillermo Isarno de Ribagorza en 1017, muerte que se produjo mientras batallaba en el Valle de Arán tratando de someter a los araneses, los musulmanes de la recién creada taifa de Saraqusta atacaron el centro y el sur del condado de Ribagorza apoderándose de las poblaciones de Roda de Isábena y Santa Liestra.


Sin un conde en el gobierno y con los musulmanes amenazando seriamente la estabilidad del condado, la nobleza ribagorzana designó entonces como condesa a doña Munia, que era biznieta del conde Raimundo II de Ribagorza y esposa del propio Sancho el Mayor.


Éste último, alegando los derechos de su cónyuge, ocupó las cuencas medias de los ríos Ésera e Isábena.


El norte fue ocupado por Raimundo III de Pallars, que era primo hermano de Guillermo Isarno de Ribagorza y estaba casado con doña Mayor, la hija del anterior conde de Castilla, García Fernández (970-995), y tía, por tanto, de doña Munia.


Cuando Raimundo III de Pallars repudió a su esposa doña Mayor de Castilla, ésta se refugió en los valles de Sos y Benasque. Entonces, Sancho el Mayor volvió a hacer prevalecer los derechos de Munia sobre el norte del condado de Ribagorza e impuso finalmente su autoridad en todo el condado pirenaico.


Doña Mayor renunció a sus derechos en favor del esposo de su sobrina y el condado de Ribagorza quedó totalmente integrado en el reino de Pamplona.


GASCUÑA


Sancho el Mayor consiguió ejercer, también, su autoridad sobre el ducado de Gascuña, en el reino franco.


El ducado de Gascuña, dividido en una serie de señoríos (Bigorre, Comminges, Bearn y Labourd), estaba ligado a la dinastía pamplonesa desde finales del siglo IX a través del casamiento de la hermana del rey Sancho Abarca con el duque de Gascuña, Guillaume I.


La alianza se realizó como medida para prevenirse de los ataques de Almanzor por parte del reino hispano-cristiano.


La relación entre Sancho el Mayor y Sancho VI de Gascuña, hijo de Guillaume I, sería muy estrecha, como lo prueban varias donaciones a monasterios realizadas conjuntamente por ambos.


Este parentesco gascón movió a Sancho el Mayor a aprovechar la oportunidad de transformar a un ducado amigo en un ducado feudatario, y la ocasión se la brindó la disputa que el duque de Gascuña mantenía con el de Tolosa (Toulouse) por el control de los señoríos de Agen, Astarac, Comminges y Couserans.


Sancho el Mayor ayudó a Sancho VI a consolidar su poder sobre los mismos y, en compensación, el duque gascón juró fidelidad al rey de Pamplona. El ducado de Gascuña se convirtió así en feudatario de Sancho el Mayor.


Pero el rey pamplonés ambicionaba más todavía, y vinculó a su reino los territorios situados al norte del río Bidasoa, creando un vizcondado en la zona del actual departamento francés de los Pirineos Atlánticos, al frente del cual instaló a un tal Lope Sánchez.


Tras la muerte del duque Sancho VI en 1032, Eudes, hijo del duque de Aquitania, heredó el ducado de Gascuña y Sancho el Mayor, que por entonces se encontraba plenamente absorbido por la campaña de León, desistió de pujar por él.


LOS HIJOS DE SANCHO EL MAYOR


Sancho el Mayor murió en 1035, un año después de haber entrado en León. Había logrado expandir el reino de Pamplona-Nájera desde el antiguo condado de Ribagorza hasta las inmediaciones del reino de Galicia.


De su matrimonio con Munia, Sancho tuvo cuatro hijos (García, Fernando, Gonzalo y Bernardo) y una hija (Jimena).


Su primogénito García recibió un reino considerablemente aumentado por la zona occidental (la Bureba, la Vétula Castilla, el condado de Álava y los señoríos de Vizcaya y Guipúzcoa).


Fernando heredó el condado de Castilla, el cual había quedado muy mermado, aunque le correspondiese la fértil llanura entre el Pisuerga y el Cea.


Gonzalo, por su parte, con título de rex, adquirió el Sobrarbe y Ribagorza.


Pero Sancho tenía otro hijo, el mayor de todos, que era bastardo porque había nacido de sus relaciones con Sancha de Aibar antes de casarse con doña Munia: se trataba de Ramiro. Éste, había llevado el título de regulus (tratamiento que los reyes pamploneses daban a sus hijos que gobernaban la parte oriental del reino, es decir, el condado de Aragón) hasta el nacimiento del primogénito legítimo, que era García.


A García (García III Sánchez), apodado el de Nájera (1035-1054), le correspondió la tarea de ejercer la soberanía sobre los territorios de Castilla, Aragón, Ribagorza y el Sobrarbe, pero mantuvo disputas con dos de sus hermanos, Fernando y Ramiro, los cuales pretendieron reclamar como reinos los condados de Castilla y de Aragón, respectivamente.


Fernando (que ostentaba el cargo de conde de Castilla) se batió contra el rey Bermudo III de León, que había vuelto a ocupar el trono leonés, y le venció en la batalla de Tamarón (1037).


Muerto Bermudo, Fernando, que a la sazón estaba casado con su hermana, se convirtió en rey de León, con el nombre de Fernando I de León. Por su pretensión de hacerse cargo de los territorios que su padre había segregado de Castilla para anexionarlos a Pamplona, Fernando I y su hermano García III entraron en guerra, y en la batalla de Atapuerca (1054) García Sánchez III de Pamplona, el de Nájera, murió.


Fernando I anexionó para su reino todo el territorio disputado y sería el padre de los futuros monarcas Sancho II Fernández de Castilla, Alfonso VI de León y García de Galicia.


En Pamplona, el hijo de García Sánchez el de Nájera ocupó el trono con el nombre de Sancho IV Garcés de Pamplona, el de Peñalén (1054-1076).



martes, 16 de marzo de 2021

LA ASOCIACIÓN AL TRONO DE WITIZA

 

Egica, tras la conjura promovida por la casta ervigiana y secundada por el obispo Sisberto, que había de ser el encargado de sacralizar al nuevo rey mediante la unción regia, quiso poner en orden las cosas antes de tomar ninguna decisión precipitada.


Lo primero que hizo fue remover el Officium Palatinum de arriba a abajo destituyendo a doce de los anteriores palatinos y nombrando a otros tantos de su más entera confianza. Luego, junto con su núcleo privado de consejeros, tomó la decisión de buscar al prelado adecuado para ocupar la sede toledana. Felix, que era obispo de Hispalis, fue el elegido.


No era el momento de vengarse cabalmente de los conspiradores. El peligro que, para el Regnum, podría entrañar una guerra civil entre facciones, con una provincia Narbonensis en la que todavía ardían las brasas de la rebelión del dux Paulo, no la hacían aconsejable. Además estaba África, donde las fuerzas del emir de Egipto, Abd al-Aziz, estaban ya a las puertas de Cartago. Y a nadie se le escapaba que si caía Cartago, caía África, que se volvería sarracena, y los árabes no eran gente que se quedarán demasiado quietos. Había que estar muy prevenido de todo aquello, por lo que en Hispania había de reinar la calma y la cohesión.


Se decidió, finalmente, convocar un nuevo Concilio general y tratar del oscuro asunto de la conspiración. Los obispos tenían que tomar cartas en el asunto y castigar ejemplarmente a Sisberto, haciéndolo el principal responsable, pero una purga demasiado agresiva en el seno de la aristocracia no era lo más indicado para garantizar la paz. Alguna pequeña sanción, algún pequeño (en tiempo) destierro para alguno de los familiares de Ervigio, pero poco más.


EL CONCILIO XVI DE TOLETUM


El Concilio XVI se inauguró el día 2 de mayo de 693 en Toletum, en la iglesia de los Santos Apóstoles. Se sancionó que todo aquel palatino que tratara de maquinar para asesinar al rey o para provocar la ruina de la patria de los godos, sería exonerado, él y sus descendientes, de todos los oficios palatinos y quedaría sujeto a esclavitud, además de ser excomulgado.


En cuanto al obispo Sisberto, se determinó la privación de su cargo, su excomulgación, y se decretó la confiscación de todos sus bienes, siendo desterrado a perpetuidad y sin recibir la comunión más que al final de su vida.


Por otro lado, se ratificó a Felix como obispo de Toletum (aunque fue él quien presidió el Concilio). E, igualmente, como la sede de Hispalis se quedaba vacante, se nombró para ella a Faustino, que ocupaba la sede de Bracara (Braga), y ésta se transfirió a otro obispo llamado también Felix, que había sido prelado de Portus Cale (Oporto) (todos ellos habían asistido al Concilio).


Sin embargo, Egica no se veía, todavía, con el respaldo suficiente del clero como para llevar a cabo una asociación al reino que contará con su más absoluto beneplácito, y aún tenía que demostrarles que estaba con ellos y que defendería a ultranza a la Iglesia católica en todos sus ámbitos.


EL CONCILIO XVII DE TOLETUM


Por eso, el monarca convocó otro Concilio general, el XVII, que se celebró en Toletum en el mes de noviembre del año siguiente (694), tan solo un año y medio después del anterior.


Y aquí, Egica retomó la espinosa cuestión de los judíos.


Ya en el Concilio anterior (el XVI) se había decretado, por expreso deseo suyo, que ningún judío que perseverase en la perfidia podría presentarse al cataplus (puerto, muelle, lonja, lugar en el que se comerciaba tras el atraque de un barco, siendo un término especialmente utilizado para las provincias orientales de Hispania: Tarraconensis y Narbonensis) ni realizar negocio alguno con los cristianos, salvo que se convirtiera a la verdadera fe católica. 


Pero ahora fue mucho más lejos e instó a los sacerdotes del reino a decretarar que todos los judíos que aún no se hubieran convertido a la religión verdadera, fueran privados de sus bienes y quedaran sujetos a perpetua esclavitud, sin que se les dejara volver al estado de ingenuidad, y que a los hijos de éstos, tan pronto como cumplieran siete años, se los separara de sus padres para siempre.


Habiendo quedado los obispos suficientemente satisfechos con las medidas antijudías sugeridas por el monarca, las cuales aceptaron totalmente y las confirmaron dándoles curso legal, Witiza, unos meses después, fue asociado al trono, hecho que ocurrió en el octavo año del reinado de Egica.


(Fotografía de Jocelyn Erskine-Kellie)

LA PRIMERA CONJURA CONTRA EGICA

 

El Canon IX del Concilio XVI de Toletum, que se inauguró el día 2 de mayo del año del Señor de 693, dice, entre otras cosas, lo siguiente:


“[…] Unde quia Sisbertus Toletanae sedis episcopus talibus machinationibus denotatus repertus est pro eo quod serenissimum dominum nostrum Egicanem regem non tantum regno privare sed et morte cum Frogello, Theodomiro, Liuvilane, Liuvigothone quoque Thecla et ceteris interimere definivit […]” (Canon IX, “De Sisberto episcopo”)


("...Y porque el obispo de la sede toledana, Sisbertus, ha maquinado para quitar de en medio al serenísimo Señor nuestro, el rey Egica, no solo para privarlo del reino, sino también para causarle la muerte, junto con Frogello, Theodomiro, Liuvilane, Liuvigothone, Thecla y otros…").


El pasaje se presta a bastante confusión, porque no se acaba de percibir claramente, en tan enrevesada redacción, si los personajes citados en retahíla iban a ser víctimas de la conspiración "junto con Egica" o, en realidad, formaron parte de la conjura "junto con Sisbertus". 


Tradicionalmente, por el motivo que sea, se ha preferido leer lo primero (en la "Colección de Cánones de la Iglesia de España y de América" así se traduce), pero nuevos estudios al respecto (ver "Notas e interpretaciones", Juan Gil Fernández, revista Habis, N° 9, 1978, entre otros) han determinado, filológica mente hablando, que, más bien, ocurrió lo segundo.


***


La estrategia de Egica para deshacerse de su clan aristocrático rival dió sus frutos, porque consiguió arrinconarlos al romper él su compromiso y forzar a los obispos (al menos, a algunos de ellos) a decretar una sanción eclesiástica para apartar de la escena política a la molesta reina Liuvigoto, madre de su esposa.

 

Pero Egica no se contentaba con amarrar el poder, sino que pensaba que para él y para su clan, era mejor perpetuar su poder en la cúspide del Regnum.


Esto, contravenía, de forma flagrante, las normas de sucesión al trono, muy claramente establecidas desde el Concilio IV de Toletum. Sin embargo, en el pasado, ya se habían realizado unas cuantas asociaciones: Liuva con su hermani Leovigildo; Leovigildo con sus hijos Hermenegildo y Recaredo; Chindasvinto con su hijo Recesvinto..., la última, después de aquel Concilio.


En el reino visigodo, tanto la Corona, como la Iglesia y la aristocracia actuaban, en el plano económico, como grandes propietarios territoriales, con un elevado número de personas bajo su directo patrocinium. En el caso de la Corona, estas personas, ya fueran libres (ingenuii) o siervos (servi), trabajan las tierras fiscales y cuidaban de ellas. Por ello, los intereses de la Corona, de la Iglesia y de la aristocracia estaban siempre enfrentados. El monarca necesitaba el apoyo de los obispos y de los nobles, y los obispos y los nobles necesitaban de los favores del monarca. El rey tenía que dar y conceder a unos y a otros para aferrarse al poder político, ya que el poder político garantizaba el poder económico, y éste lo proporcionaban las posesiones territoriales, las grandes haciendas y los campos de cultivo.

 

Por eso, muy a menudo ocurría que el patrimonio privado de un monarca y el de la propia Corona se confundían en uno mismo, y cuando un linaje o clan nobiliario conseguía que alguno de sus miembros llegara a lo más alto, trataba por todos los medios de que no se interpusiera ningún otro clan.


El anuncio de la asociación al trono de Witiza, después de la serie de vejaciones infringidas a los familiares de Ervigio, fue, para estos últimos, la gota que colmó el vaso.


El acuerdo entre Ervigio y Egica para que el primero nombrara sucesor al segundo, sin duda, debió de estar fundamentado en el hecho de que del matrimonio con Cixilo naciera un hijo varón, al objeto de unir ambas castas y perpetuarlas en paz en el poder. Si Egica fue nombrado sucesor, esto es porque sí había tal hijo varón, aunque no tenía porqué tratarse de Witiza (Egica tuvo, al menos, otro hijo, según atestigua la Crónica Mozárabe de 754: Oppas).


Pocas semanas después de anunciada la decisión del rey, llegó la conspiración. 


Liuvigoto, la reina viuda, y todos los demás (entre los que se encontraba un tal Teodomiro), asistidos por el recientemente nombrado obispo metropolitano de Toletum Sisberto, maquinaron contra la vida del rey. El nuevo monarca saldría, seguramente, del clan ervigiano y Sisberto se encargaría de aplicarle la unción regia.


Las autoridades palatinas, no obstante, se hallaban sobre aviso. Era previsible la conjura y fue descubierta a tiempo. Todos los integrantes de la misma, incluida la reina viuda, fueron apresados y recluidos en mazmorras palatinas. 

Y tanto el Palatium como la ciudad entera e, incluso, todas las villas de los nobles seniores extramuros de la ciudad, fueron cabalmente registradas. El terror de las grandes purgas nobiliarias realizadas durante el reinado de Chindasvinto a mediados del mismo siglo, y que habían supuesto, según cuentan algunos, la muerte de 200 primates y 500 mediocres, sobrevolaba, de nuevo, la urbs regia.


Sin embargo, Egica se mantuvo sereno porque su estrategia era hacer las cosas bien y afianzarse el poder. Y para ello, necesitaba rodearse de su más privado grupo de fideles y obtener el apoyo del clero.

EGICA REX: EL DESAFÍO

En el mes de mayo de 688, se inauguró el Concilio XV de Toletum en la iglesia pretoriense de los Santos Apóstoles. Se celebró por expreso deseo del monarca, Egica, que había alcanzado el trono el día 24 de noviembre del año anterior, y a él asistieron 61 obispos, 5 vicarios, 8 abades y 7 miembros del Oficium Palatinum. En el tomus regio, que era la alocución inicial que el rey realizaba ante los asistentes al Concilio y en el que trazaba los asuntos principales que se debían discutir, Egica introdujo algo que a él le preocupaba especialmente: la carta de compromiso que Ervigio le había hecho firmar para proteger a su familia, a la sazón, la misma que la de su esposa Cixilo.


El rey, ante tan ilustre audiencia, explicó que al suceder en el trono a su suegro Ervigio se hallaba comprometido por dos juramentos que él consideraba contradictorios: el primero, procurar protección a la familia del anterior rey; el segundo, administrar justicia en el reino. Y lo eran, según él, porque las injusticias que Ervigio había ocasionado al pueblo a lo largo de su reinado, no podían ser reparadas sin perjudicar a los familiares del mismo. Dicho de otra manera: aquellas propiedades que Ervigio, injustamente, había confiscado y entregado a los miembros de su propia casta nobiliaria, no podrían ser recuperadas por sus antiguos dueños sin serles arrebatadas a los familiares del mismo Ervigio, los cuales ahora disfrutaban de ellas. 


La cuestión era la siguiente: a los culpables por la sedición del dux Paulo del año 673, se les confiscaron unos bienes. Estos bienes, que pasaron a formar parte de la Corona, fueron entregados a quienes el rey (Wamba) consideró oportuno. Luego llegó Ervigio y lo deshizo todo, devolviendo los bienes incautados por su predecesor a sus antiguos dueños. Ahora, Egica, en 688, decía que Ervigio había cometido injusticias, y que era imposible repararlas si perjudicar a su propia familia, insinuando que a los que Ervigio les entregó los bienes de los sediciosos (que habían sido incautados por Wamba) fue, en realidad, a sus propios familiares. ¿Tuvieron algo que ver en aquella sublevación?...


Por todo ello, Egica pidió a los obispos que le absolvieran, al menos, de uno de los dos juramentos, que era una forma de pedirles la bendición para desbaratar lo que Ervigio, en su día, había también desbaratado.


Los obispos se emplearon a fondo y tomaron el camino del medio: no le quitaron la razón a Egica, pero tampoco se la dieron. Porque resolvieron que, si bien el defender la justicia del pueblo era más importante que defender a una sola familia, el rey no tenía por qué dejar de proteger a la familia del anterior monarca ya que, si algún miembro de aquella familia cometiera o hubiese cometido un delito, la justicia le sería aplicada en toda regla y el canon conciliar no le eximiría de ninguna culpa. 


Pero Egica no se resignó, y comenzó a trabajar.


Lo primero que hizo fue elevar a la dignidad de dux al conde Vitulo, que ya desde la época de Ervigio había ostentado el cargo de Comes Patrimonii. Sin embargo, ahora, con el título honorífico de dux, Egica lo convertía en su mano derecha. Y se encerró con él en su scrinae del Palatium regio y se pusieron a revisar todas las actas y disposiciones relativas a confiscaciones y amnistías de deudas que se habían realizado durante los años previos. El resultado fue que muchas de aquellas confiscaciones fueron revocadas y devueltas al patrimonio de la Corona para, a continuación, ser otorgadas a ciertos miembros del linaje aristocrático de Egica; y muchas exenciones fiscales fueron declaradas también nulas, por lo que quienes se habían beneficiado de ellas, ahora estaban nuevamente obligados a pagar todo lo que debían.


La familia del anterior soberano, principalmente su viuda, la reina Liuvigoto, y sus hijos, fueron los grandes perjudicados. Y tanto celo mostró la reina viuda en protestar ante las altas instancias aristocráticas del reino, que Egica resolvió utilizar al propio clero para que éste dispusiera las ordenanzas adecuadas con que acallarla. 


La ocasión se le presentó en el mes de marzo de 690, cuando falleció el ilustre obispo Julián, defensor a ultranza de la casta ervigiana. Entonces, Egica convocó otro Concilio, éste de carácter provincial, que se inauguró en Caesaraugusta a principios de noviembre de 691. En él, además de tratarse asuntos puramente eclesiásticos, se decretó, por expreso deseo del rey que, a la muerte de sus esposos, las reinas viudas habrían de recibir con alegría el hábito de la religión y tendrían que entrar en un monasterio de vírgenes hasta el final de sus días para que, “separadas del mundo, no pudiera ocurrir que la que antes había sido señora, viniera después a ser súbdita”. 


Este decreto conciliar, de enorme importancia, pues se refería tanto a la reina viuda Liuvigoto como a su propia esposa Cixilo -si ésta le sobrevivía-, revocaba otro decreto que se había establecido años atrás en el Concilio XIII de Toledo, bajo el mandato del rey Ervigio, según el cual ni la esposa del rey, ni tampoco ninguna de sus hijas o nueras, podrían ser obligadas por nadie a vestir el hábito religioso.


El descontento del clan ervigiano fue enorme, ya que una medida de esa naturaleza, lejos de poner a salvo a la reina viuda frente a posibles abusos por parte de otros individuos que quisieran aprovecharse de su condición de viuda (y que era la razón que argüían los prelados), lo que realmente pretendía era apartar a Liuvigoto de la escena política, siendo, como era, un miembro clave de la facción ervigiana. Además, Liuvigoto disponía de una impresionante fortuna, conformada no solo por la herencia recibida en su día tras la muerte de sus progenitores, sino también por la fuerte dote que obtuvo de los mismos cuando contrajo matrimonio con el noble Ervigio y, sobre todo, por la enorme cantidad de dinero y bienes inmuebles que le cayeron a la muerte de su esposo.


Sin duda, todos estos movimientos estratégicos de Egica y de su consejo privado de palatinos en contra de la casta aristocrática rival sirvió para que pudiera afianzar notablemente su poder, pero, poco tiempo después, una trascendental decisión que tomó, estuvo a punto de echar la traste no solo su gobierno, sino también su vida.

ERVIGIO, SUCESOR DE WAMBA

 

En el mes de Octubre del año del Señor de 680, el noble Ervigio accedió al trono. Ocurrió cuando el rey Wamba comenzó a sentirse aquejado por una dolencia. Según refirió el propio Ervigio a los obispos reunidos en el Concilio eclesiástico celebrado en Toletum al año siguiente, Wamba pidió que le fueran aplicados el culto de la religión y la sagrada tonsura, para después mandar que se redactara un documento en el que lo nombraba su sucesor. 


Esta forma de acceder al trono por parte de Ervigio parecía, a simple vista, una mera usurpación. Sin embargo, el mismo Ervigio demostró ante los santos Padres Conciliares que todo había sido perfectamente legal, pues el documento fue firmado no solo por el propio Wamba, sino también por otros miembros del Officium Palatinum, como así establecían las leyes visigodas. El problema era que las leyes también establecían que para elegir a un rey tenía que haber fallecido el anterior y, en este caso, Wamba no había muerto. La discordia en el seno de la aristocracia, por tanto, estaba servida.


El caso fue que Wamba, aún con vida, fue sustituido (si no depuesto) por Ervigio con la connivencia de una parte del Oficium Palatinum, así como del obispo metropolitano de Toletum, el ilustre Julián, que fue quien aplicó la penitencia a Wamba y, después, casi al mismo tiempo, ungió con los óleos sagrados al nuevo monarca. Wamba se recuperó varios días después, pero ya no pudo volver a reinar porque había sido tonsurado, decalvado, y convertido en sacerdote. La legislación se lo impedía. Y tuvo que retirarse, con mucha resignación, a un cenobio, al benedictino de Pamplica, donde pasó los últimos siete años de su vida.


En el Tomus regio del Concilio XII de Toletum del año 681, Ervigio esbozó las líneas principales sobre las que los obispos habrían de trabajar durante el sínodo. Lo primero fue pedir su bendición con respecto a su llegada al trono, y para ello les entregó el escrito antes mencionado en el que él mismo  relataba cómo habían ocurrido los hechos. Los obispos resolvieron reconocer la autenticidad del escrito, y sancionaron que quienes recibiesen la penitencia (en clara alusión al caso de Wamba) por encontrarse “sin sentido”, debían aceptarla de manera inviolable y sin repugnancia alguna una vez recobrado el sentido perdido. 


La segunda de las líneas de su política era la cuestión judía, para lo que incitaba a los sacerdotes del reino a “extirpar de raíz la peste judaica que cada día va creciendo con más furor”, según sus propias palabras. En los meses anteriores a la celebración del Concilio, Ervigio y sus scrinarii habían estado trabajando sin descanso en la redacción de veintiocho nuevas leyes antijudías, pero no las había promulgado esperando a que se pronunciaran los obispos. Éstos, siguiéndole el juego al nuevo monarca, las confirmaron sin ningún problema.


Y la tercera cuestión fue exhortarles a que corrigiesen la ley militar que Wamba había promulgado en 673. Según decía Ervigio en el tomus, aquella ley era muy injusta, pues su aplicación había hecho perder la nobleza a casi la mitad del pueblo de los godos. Los obispos decretaron que aquellas personas que habían perdido la capacidad de testificar (uno de los más importantes derechos de los aristócratas visigodos), debían recuperar dicha licencia sin ninguna dilación de tiempo. 


La nueva ley militar que promulgó Ervigio nada más terminar el Concilio, y que dejaba sin efecto la del año 673, establecía también penas muy duras para quien, en caso de guerra, no se presentase en el lugar y el momento señalados, pero en ningún caso se establecía que los nobles que no comparecieran hubiesen de perder la dignidad nobiliaria de testificar en las causas en su contra.


En noviembre de 684, se celebró en Toletum otro Concilio general, el decimotercero. En él, Ervigio fue todavía más lejos en su afán de otorgar más concesiones a la nobleza. En el Tomus, pidió a los padres conciliares que decretasen la devolución de los derechos de testimonio perdidos a todo aquellos condenados en su día por unirse al tirano Paulo y expresó también su deseo de realizar una condonación de deudas para quienes tuviesen tributos atrasados con el fisco. Los obispos, dando muestras de una absoluta sintonía con el rey, además de confirmar estas dos peticiones, decretaron que ningún palatino religioso, sin manifiesto indicio de culpa, podría ser apartado del honor de su orden o rango y tendría que ser conducido, discreta y prudentemente, ante una asamblea de sacerdotes, seniores y gardingos para dilucidar su inocencia o culpabilidad.


Ervigio hizo muchas concesiones a la nobleza, pero, sin embargo, nunca dejó de temer a los clanes aristocráticos rivales, entre los cuales destacaba el de Egica, quien, al parecer, y según atestiguan varias crónicas cristianas escritas un par de siglos después, estaba emparentado con Wamba. Muestra de este temor, fueron sus repetidos intentos, plasmados en varios cánones conciliares, de proteger a su propia familia para que nadie pudiera hacerles daño. Para congraciarse con el poderoso aristócrata, Ervigio le otorgó la condición de vir illustre y lo incluyó en el Officium palatinum con el rango de comes Scanciarum et dux (conde de los Aprovisionamientos y duque).


Tan poderoso e influyente era Egica, que Ervigio consideró que la mejor solución para controlarlo era hacerlo partícipe de su propio clan aristocrático, y le ofreció en matrimonio a su hija Cixilo. El regalo, sin embargo, no le resultó gratuito a Egica, pues se le obligó a firmar un escrito en el que se comprometía, bajo juramento, a dar protección a su familia:


“Con mis parientes, hijos vuestros, que parece haber procreado de vuestra gloriosa cónyuge, la señora reina Liuvigotho, prometo mostrarme tan amigo, que los amaré sinceramente y sin doblez, jurando además vivir con ellos en dulzura y caridad todos los días de mi vida […]”


No se sabe si Egica estaba casado en ese momento o lo había estado ya con anterioridad (hay autores que sugieren que su sucesor, Witiza, era hijo de un primer matrimonio), pero Egica, ya fuera por resarcir a su pariente Wamba (si lo era) o por su natural ambición, aceptó un matrimonio político que le convertiría en el más influyente de los condes palatinos. Ervigio, por su parte, se hallaba ahora más seguro que nunca, sabiéndose bajo la protección de su querido y piadosísimo yerno.


Su muerte sobrevino dos años después, mientras se hallaba descansando en su villa privada. En su lecho de muerte, hizo llamar a los miembros de su Officium y les comunicó su decisión de nombrar sucesor a su yerno Egica.


Y fue el mismo obispo Julián, el que, en su día, aplicó penitencia a Wamba y ungió a Ervigio, quien volvió a realizar ahora la misma operación, solo que al revés. Egica, con su séquito privado, marchó a Toletum para preparar su coronación como nuevo rey de los godos y Ervigio pudo morir en paz, cosa que ocurrió en noviembre de 687.

EL REY WAMBA Y LA REBELIÓN DEL DUX PAULO

 


A comienzos del verano de 673, estalló una sublevación en Nemausus (Nimes) liderada por el conde de dicha ciudad, Hilderico. La sublevación fue secundada por el obispo Gumildo, de la sede Magalonensis (Melgueil, Francia), y el abad Ranimiro. Esta historia se conoce gracias a la obra Historia Rebellionis Pauli adversus Wambam, escrita por el obispo Julián, una obra considerada por algunos historiadores como una auténtica obra maestra de la historiografía militar de todos los tiempos. 


El rey Wamba, que había obtenido el cetro diez meses antes, se encontraba en aquellos momentos al frente del exercitus en la Cantabriae en plena acción de castigo contra rebeldes wascones. Entonces, envió al dux Paulo, uno de sus más leales jefes militares, y al dux Tarraconensis, Ranosindo, para sofocar la sedición.


Paulo, de camino a Narbo (Narbona), capital de la provincia galo-visigoda, logró convencer a Ranosindo para maquinar una nueva subversión contra Wamba, y al arribar a Narbo, el obispo de la ciudad se alió con ambos duces. El resto de los prelados de la provincia, así como otros aristócratas de la misma, incluidos aquellos que ya se habían alzado inicialmente en Nemausus, se pusieron igualmente de su parte y Paulo y el resto de los conspiradores declararon la secesión de la provincia Narbonensis. Paulo se autoproclamó Rex Orientalis de Hispania.


En cuanto Wamba tuvo conocimiento de la nueva rebelión acaudillada por Paulo, puso rápidamente fin a la campaña contra los vascones y, una semana después, marchaba con todo su ejército hacia Narbo, siguiendo la vía pública que pasaba por Calagurris (Calahorra) y Osca (Huesca). Dividió a su ejército en tres cuerpos de caballería, cada uno de ellos mandados por un dux Exercitus, y él los siguió con una numerosa tropa de guerreros. La primera de las ciudades rebeldes que fue sometida a la autoridad regia fue Barcino (Barcelona) y, después, Gerunda (Gerona). A continuación, el ejército visigodo prosiguió marcha hasta arribar a los Pirineos, donde descansaron durante un par de días para, desde allí, y con los tres cuerpos de ejército, caer sobre los campamentos pirenaicos de Caucoliber (¿?), Vulteraria (¿?) y Castrum Libiae. (¿Llivia?) Finalmente, tomaron la ciudadela de Clausurae (¿?),  la más importante de las situadas en la vertiente norte de los Pirineos.


El dux Ranosindo e Hildigisio, persona ésta última que se había aliado con los pérfidos conspiradores, aun estando bajo servicio de gardingato, fueron reducidos por las tropas regias. Pero otro dux traidor, Wittimiro, que se había encerrado en la localidad de Sordonia (¿?), logró huir para dar aviso a Paulo, que se encontraba en Narbo, de la llegada del religioso príncipe. El exercitus regio prosiguió su marcha hasta Narbo y capturó a Wittimiro, que se había quedado en la ciudad para defenderla, cumpliendo así las órdenes de Paulo, el cual había puesto rumbo hacia Nemausus.


Pocos meses después, y tras haber capturado Narbo, Baeterris (Beziers), Agatha (Agde) y Magalona (Melgueil), Wamba lograba romper las puertas y los muros de Nemausus y penetraba en su interior. Paulo, y otros cincuenta y tres correligionarios, se habían refugiado en el anfiteatro de la ciudad, pero fueron apresados.


Tras realizar los correspondientes ajusticiamientos, Wamba y el exercitus se trasladaron a Toletum, llevándose consigo a los líderes de la conspiración para que les fueran aplicados los castigos pertinentes. Se les perdonó la vida, aunque fueron sometidos al atroz castigo de hacerles entrar en la urbs regia decalvados y con las barbas rasuradas. A Paulo, además, se le colocó una corona de espinas de pescado sobre la cabeza, para mayor escarnio público.


Terminada la fulgurante campaña, que duró lo que duró el verano, y dado que, en el curso de la misma, muchos nobles visigodos del noroeste peninsular, que no tenían nada que ver con los sediciosos de Nemausus ni, tampoco, con la aventura secesionista del dux Paulo, pero sí enormes recursos y ejércitos privados, incumplieron con su obligación moral de ayudar al exercitus de la patria de los godos, Wamba promulgó una ley: la LV, IX, 2, 8.


En ella, se establecía que cualquier persona, ya fuera obispo o clérigo, duque, conde o gardingo, o fuera del rango y orden que fuera, que se encontrara cerca de una de las fronteras del reino que hubieran sido invadidas, debería acudir en defensa del exercitus regio con todos sus efectivos posibles. El no hacerlo supondría, si era obispo, presbítero o diácono (los obispos también disponían de ejércitos privados), el exilio forzoso; si era noble perdería su dignidad parada testificar y sería reducido, para siempre, a la esclavitud, y sus todas sus posesiones pasarían a entregarse a quien el monarca estimase oportuno.


Del resto del reinado de Wamba, que reinó hasta el año 680, tan solo se tiene alguna que otra noticia de difícil comprobación, como la ofrecida por !a Crónica de Alfonso llI en su versión rotense, que asegura que, en su época, la marina visigoda repelió el ataque de una importante flota sarracena que se acercó a la península.

domingo, 7 de marzo de 2021

EL CONDADO DE ARAGÓN Y EL REINO DE PAMPLONA


LA CREACIÓN DEL CONDADO DE ARAGÓN

Después de que, en 798, el ejército carolingio penetrara en la península Ibérica y controlara las comarcas pirenaicas, un jefe musulmán llamado Bahlul ibn Marzuq se rebeló contra la autoridad andalusí y tomó Saraqusta y Washqa

Un año después, una fuerza militar enviada por el emir cordobés al-Hakam I (796-822) reconquistó ambas plazas y Bahlul hulló a Pallars. Bahlul fue asesinado por Jalaf ibn Rashid, su lugarteniente en Saraqusta, y el emir recompensó a éste último nombrándolo gobernador de una porción de territorio situado entre Washqa y Bergiduna (Barbastro): la Barbitania. Ibn Rashi gobernó Washq durante sesenta años, siendo su gobierno transferico en 862 a la familia de los Banu Qasi.

Hacia el año 802, y ante la confusa situación creada, los francos decidieron establecer en el corazón de los Pirineos algún tipo de barrera para detener el ímpetu de los musulmanes, y designaron a un personaje llamado Aureolus, hijo de un conde franco, como gobernador de la población de Iaca (Jaca) y sus castillos adyacentes. 

Este tal Aureolus, aunque las fuentes francas lo designan como comes (conde), fue más bien una especie de jefe militar que custodiaba un territorio no demasiado extenso a modo de cabeza de puente con el Imperio franco. Cuando Aureolus murió, en 809, su puesto lo ocupó Aznar Galíndez, dando comienzo a la existencia del condado de Aragón.


PAMPLONA: DE CONDADO A REINO

Más hacia el oeste, en Pamplona, los francos habían alentado una rebelión (año 799) que, dirigida desde Tolosa, había arrojado del poder de la ciudad al muladí Mustarrif ibn Musa, de la familia de los Banu Qasi, e instaurado un gobierno afecto. 

Pero la situación cambió con la entrada en la escena política de una poderosa familia vascona, los Arista, que en el año 803, y en connivencia de los Banu Qasi, tomaron el control de la ciudad. Parece ser que existían lazos de sangre entre las dos familias y deseos de venganza contra los francos, debido al asesinato de Mustarrif.

En el año 806 Pamplona volvió al bando de Carlomagno con la designación del gascón Velasco como gobernador de la ciudad. Velasco estaba muy relacionado con el monarca asturiano Alfonso II (791-842) y con la corte carolingia.

Pero en 816, la victoria de Íñigo Íñiguez y los Banu Qasi sobre el conde Velasco y sus aliados asturianos  (batalla de Wadi-Arum, actual Álava), trajo la vuelta de los Arista al gobierno de Pamplona.

En 824, los francos volvieron a intentar recuperar Pamplona por mediación de los condes Eblo y Aznar Galindo, pero ambos fueron aniquilados en Roncesvalles por una fuerza vascona-musulmana (la Segunda Batalla de Roncesvalles). Los Arista, fortalecidos por esta nueva victoria, pasaron a dominar Pamplona y toda su área de influencia de una forma ya casi definitiva.

Íñigo fue entonces elegido rey con el nombre de Íñigo Arista, dando lugar a la creación del primer reino cristiano de los Pirineos: el reino de Pamplona.


EL REINO DE PAMPLONA

El emir de Abderramán II (822-852) no vio con malos ojos la creación de este reino independiente, el cual se interponía entre sus dominios y el de sus temibles enemigos francos, y sus objetivos, a partir de este momento iban a estar focalizados en la zona de Álava, un territorio que pertenecía al reino asturiano.

El francófilo Aznar Galindo fue expulsado de Aragón por los propios pamploneses, pero su probada fidelidad al emperador Luis el Piadoso le recompensaría con el gobierno de los condados de Urgel y Pallars. Su hijo, Galindo Aznar, perdería el control sobre estos condados, aunque lograría, no obstante, recuperar el de Aragón.

Y sería por la presión a la que se vería sometido, no sólo por parte del walí de Washqa, sino también de los carolingios, lo que le llevaría a pedir protección al rey pamplonés García Íñiguez (852-870), sucesor de Íñigo Arista, y Pamplona volvería a extender su dominio sobre el pequeño condado pirenaico de Aragón.

A pesar de ello, la influencia franca sobre el territorio aragonés seguiría siendo patente sobre todo en el ámbito religioso y cultural, muestra de lo cual son las fundaciones francas de los monasterios de San Zacarías y de San Pedro de Siresa, ambos enclavados en pleno Valle de Hecho, justo en la vía de comunicación con las Galias.

A partir del año 858, los grandes lazos de amistad y colaboración que habían existido siempre entre la familia de los Arista y la de los Banu Qasi se quebró por completo. Ese año, una flota vikinga remontó el río Ebro y apresó al rey García Íñiguez. Los Banu Qasi no intervinieron en su ayuda, y el oneroso rescate que se vieron obligados a pagar los Arista para que aquél fuese liberado haría que la incipiente monarquía pamplonesa buscase una alianza con el rey de Asturias, Ordoño I (850-866). 

Pamploneses y asturianos, conjuntamente, se batieron contra los Banu Qasi y el poder político de éstos últimos se esfumó para siempre. El reino de Pamplona estrechó lazos con el de Asturias, el cual se había convertido en la principal potencia dominante de todo el norte peninsular gracias a la política expansiva de Alfonso III el Magno (866-910).


LA DINASTÍA DE LOS JIMENO

En 868, Alfonso III contrajo nupcias con la princesa Jimena García, de la también poderosa familia pamplonesa de los Jimeno, y aquí se inició un cambio en el orden político del reino. En él, los Jimeno consiguieron alcanzar mayor preponderancia, sobre todo, a partir del año 880, en que García Jiménez inició una hábil política de enlaces matrimoniales con la casa de los Arista.

Por lo que respecta al condado de Aragón, su subordinación al reino de Pamplona continuó sin grandes cambios, e incluso se vio reforzada con el matrimonio de Aznar II, hijo de Galindo Aznar, con una hija de García Íñiguez.

En el plano cultural, el monasterio de San Pedro de Siresa continuó propagando una intensa influencia carolingia, pero, a la vez, surgió otra corriente de fuertes raíces visigodas a través de otro monasterio, el de San Juan de la Peña, cuya labor se centraba principalmente en las zonas de los altos valles montañosos.

Los musulmanes, por su parte, construyeron diversas fortalezas a la entrada de diversos valles, como el castillo de Atarés, emplazado en la orilla izquierda del río Aragón.


EL REINO DE PAMPLONA-NÁJERA

En 905, accedió al trono de Pamplona Sancho Garcés (905-925), de la familia de los Jimeno, no sin la abierta oposición de los Arista. Alfonso III de Asturias y el conde de Pallars colaboraron en su coronación. Sancho Garcés logró expandir el reino y se anexionó la plaza fuerte de Nájera, con lo que el reino pasó a denominarse reino de Pamplona-Nájera. Abderramán III realizó una expedición de castigo en 924, pero ésta no tuvo mayores consecuencias.

A la muerte de Sancho Garcés, su hijo García Sánchez (925-970), de muy corta edad, subió al trono. 

Durante su minoría, el gobierno lo ejerció su tío y, después, la reina madre Toda. Ésta realizó una activa política de enlaces matrimoniales con otros territorios vecinos, como Álava, o como el pequeño condado de Castilla (quede hallaba, en estas fechas, en manos de Fernán González). También unió lazos con el condado de Aragón, todavía bajo la órbita del reino de Pamplona.

Pero Toda consumó la dependencia total de Aragón con respecto a Pamplona cuando en 943 arregló el matrimonio entre la heredera natural del condado aragonés, Andregoto, y su hijo García Sánchez. A partir de este momento, los monarcas pamploneses pasaron a ostentar, también, el título de condes de Aragón.

La labor de la reina Toda no fue nada desdeñable, ya que, además de anexionarse el condado de Aragón, intervino decisivamente en las disputas internas del reino astur-leonés (rebelión nobiliaria favorable a Sancho, hermano de Ordoño III), así como en el condado de Castilla. 

En el plano interno, Toda continuó fortaleciendo el poder central mediante la creación de un grupo de nobles unidos por lazos de fidelidad al rey, los llamados "barones".

Durante el último tercio del siglo X, los reinados de Sancho Garcés II Abarca (970-994) y de García Sánchez II el Temblón (994-1005), se vieron amenazados por la fortísima presión ejercida por el hayib Almanzor, quien intentó, una y otra vez, ocupar una zona tan estratégica como la Sierra de la Demanda. Nunca lo conseguiría, aunque sí llegó a saquear el monasterio de San Millán de la Cogolla.

En 1005, coincidiendo con un período de enorme disgregación de Al-Andalus, inició su reinado Sancho Garcés III (1005-1035), también conocido con el nombre de Sancho el Mayor.